No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles.
Pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas.
Lucio Séneca


Desde que inicié a correr maratones pensaba que, si al llegar a la meta después de 42 km, el solo hecho de terminarla, me dejaba por semanas una sensación indescriptible de satisfacción, felicidad y logro alcanzado... ¿cómo sería terminar una ultramaratón?

Ese gusanillo me molestó en mis pensamientos casi por cinco años. Vi en ESPN la Versión 2009 de la John F. Kennedy, vi corredores con rostros estoicos y otros sonriendo entrando a la meta, pero todos tienen el mismo semblante: esa mirada que te dice: “Nunca abandonare “.

En noviembre 2009 corrí la Primera Maratón en Trillo, en el Valle de Anton, provincia de Cocle, a dos horas de la Ciudad de Panamá. El valle es un hermoso lugar Turístico Nacional, con agradable clima templado, rodeado de montañas, vegetación, fauna y ríos con aguas termales.

A las 6:00 a.m. arranca la carrera, Lizbeth Ramírez, una maratonista con montón de kilómetros de experiencia fue mi compañera de entrenamientos y ambas habíamos hecho un pacto: “Pasara lo que pasara, cruzaremos juntas esa meta”.

En la primera subida tortuosa, me resbalo y caigo estrepitosamente, con solo 4 kilómetros recorridos, en la pierna derecha se me crea un hematoma en la rodilla, se me hincha la pierna y comienza a botarme sangre. Creo que fue la adrenalina y el clima, pero se me olvidó el golpe, el dolor, la sangre.
Cruzamos 3 riachuelos dos veces, subimos lomas interminables y terminamos los últimos metros ante de entrar a la meta, en una bajada empinada, llena de piedras y lodo (nos cayó una fuerte lluvia en el recorrido).

Lizbeth y yo terminamos en 7 horas y 45 minutos. Ese día al cruzar la meta, descubrí, que nuestras pasiones también tienen derecho a sufrir modificaciones, obviamente la pasión aumenta a otro nivel de intensidad. Ya adivinaron, me encantó la experiencia de correr en trillo (vereda) y en dificultades extremas.

A un mes del Valle, recibo un correo electrónico del Dr. Carlos Retally, de la Organización Pura Voluntad, la misma organizadora de la Marathon del Valle. El Dr. Retally, desde octubre 2008, recién de conocerlo me había lanzado el reto de correr una ultra, en ese entonces él se preparaba para correr la AR50 (American River 50 miles) en Sacramento California y para que no se me olvidara ese reto, me invita formalmente a pertenecer al primer equipo nacional de corredores que correrán una ultramaratón la Versión 2010 de AR50, con fecha 10 de abril.

El 20 de diciembre iniciamos entrenamientos, el equipo estaba formado por 3 damas: Margaret Von Saenger, Lizbeth Ramírez y yo. Y cinco varones: Carlos Retally, Irving y Roger Bennett, Nicolás García y Fernando Revuelta (que, lamentablemente, al final no nos pudo acompañar). Durante 16 semanas, no hubo fin de semana, que a más tardar 5:00 a.m. Marge, Lizbeth y yo, ya estábamos bregando con los kilómetros, en cualquier carretera, loma, trillo o asfalto de Panamá. Completamos entrenamientos “back to back” de 4 horas sábado y 5 horas domingo.

Pura Voluntad, una organización sin fines de lucro, que promueve la actividad física y lograr nuestros retos a base sacrificio y disciplina constante. Nos brinda la oportunidad de no solo participar en una ultramaratón sino recaudar fondos para Fundayuda y pacientes de cáncer. Este año, seríamos el equipo más grande de latinoamericanos en American River.

Las dos últimas semanas antes de viajar, soñé noches enteras correr entre lomas, frío, bosques y una meta que me esperaba. En el día trataba de complicarme en mil cosas de trabajo a la vez, pero nada hacía que lograra concentrarme, mi respiración era corta y llena de ansiedad.
Finalmente, partimos rumbo a Sacramento, California el jueves 8 de abril. Nicolás Garcia, Marge y yo viajamos en el mismo vuelo. Llegamos a Sacramento a las 9:15 p.m. todo un día de viaje. Nos reciben como campeones Lizbeth y Carlitos, que habían viajado un día antes.

El viernes a las 5:30 a.m, Marge, Nicolas y yo, estamos de pie en la entrada del Hotel. El frío estaba desesperante. Marge y yo ya estamos a punto de colapsar, ambas no somos amigas del frío. Decidimos entrar a desayunar, hacemos una catarsis de cómo llegamos a estar aquí, a 24 horas de correr una ultra.
Nicolás es un ser humano excepcional, fiel devoto a sus creencias religiosas, nos dice que él tiene la certeza que Dios, nos acompañará y que no nos dejemos amedrentar por la ruta, que las tres ya somos corredoras de experiencia y que nos esperaría en la meta. Sin olvidar que también es uno de los más completos atletas nacionales, ha corrido múltiples maratones, una ultra y es incluso Ironman. Todos terminados en tiempo de atleta Elite. Con Nicolás sí se cumple, aquello de: “gran atleta, gran persona”.

A eso de las 9:00 a.m. vamos al otro lado de Auburn, a recoger nuestro kit de corredores, llevamos ropa abajo de entrenar, ya que Carlitos nos había prometido un entrenamiento breve de reconocimiento del trillo a recorrer. Auburn, Sacramento, es un pueblo pequeño y acogedor. Es indescriptible lo hermoso del paisaje que logramos ver en la ruta de aproximadamente una hora que corrimos.

El viernes a eso de las 8:00 p.m. me llama mi hermano José, (aquel que me amarró mis zapatillas por primera vez, y por el cual soy corredora). Me da mis últimos consejos, lo escucho y no emito palabras para que no se de cuenta que estoy echa un mar de lagrimas. Al final me dice: "Hermanita, prométeme que harás tu carrera y pase lo que pase, disfrútala. Tú has entrenado muy duro y esa META espera por ti".

Y llega el sábado 10 de abril, nuestro gran día, por el cual la vida nos cambió por 16 semanas. Salimos del Hotel a las 3:30 a.m. El frío nos hace cambiar nuestra vestimenta que tanto habíamos probado. Me pongo en total 3 camisetas incluyendo una para frío, guantes y bufanda. Llegamos al Parque a las 4:15 a.m. donde abordaríamos el bus que nos llevaría a la salida. En el bus se respira solo silencio, comienzo a toser y me hago dos inhalaciones, ya que mi asma sale a relucir siempre en el frío. Aunque había rezado desde la noche, vuelvo y rezo.

Salimos las tres juntas, pero Marge y yo, no logramos coger calor en el cuerpo. Decidimos no parar los primeros 25 minutos y seguir corriendo hasta que nuestro cuerpo entrara en calor. Recuerdo que en el Aid Station no.5 (Negro Bar) a la altura de kilómetro 36, es que me siento un poco sudada, pero la humedad en la ropa, hacia que incluso sintiera mas frío.

El trillo inició desde los 12 kilometros, una subida empinada, donde se contempla en todo su esplendor la majestuosidad del American River. No teníamos las zapatillas de trillo, así que fue difícil esta primera etapa, resbalo y el guante de hidratación me sirve de escudo ante una piedra. De tanto caerme, he aprendido que esa es mi mejor técnica de supervivencia. Me siento agitada y hago otras dos inhalaciones, con todo y la mano llena de lodo. Marge y yo vamos juntas, en unas etapas ella me empuja y en otras yo la empujo a ella. La verdad que llevábamos un paso fuerte y seguro.

Llegamos a las 4.46 horas al Aid Station No.6 llamado Beals Points, donde se completa la primera marathon. Pasamos la alfombra y tal cual lo previsto. Buscamos nuestras bolsas, para cambiarnos las zapatillas, la ropa húmeda y ver como están los pies. Tengo en la planta del pie derecho una vejiga que me cubre casi la mitad del pie. Me duele para afirmar bien. Pero como buena alumna de un ultra, Carlitos nos dio previamente una lista de insumos de supervivencia ante cualquiera eventualidad. Me forro el pie con cinta adhesiva gruesa y porosa, cuando meto los pies en las zapatillas de trillo, qué alivio, no se siente la molestia tanto.

Arrancamos a correr otra vez, por cosas del destino, quedamos atrás de un grupo que van a una velocidad endemoniada, como dominan el trillo, asumimos que deben de entrenar habitualmente en esta ruta. Corremos con ese grupo aproximadamente 10 km, veo en un momento el Garmin y marca un paso de 5:10 el kilómetro. Sigue avanzando el grupo y nosotras decidimos separarnos, ya que viene rocas grandes y difíciles de subir. Solo con las manos seria posible cruzarlas y no lastimarse.

En el Aid Station de Horseshoe Bar, km 60, ya decidimos no comer más, solo llenar de agua nuestras botellas, me sentía el estómago lleno y pesado. Le digo a Marge,: “Sólo faltan 20 km” y me dice: “Dos jalones de 10 km“. De ahí, nuevamente iniciamos en un paso más fuerte y con la seguridad que lo único que faltaba era llegar a la meta. Llegamos al último Aid Station: Last Gasp.

Para completar estos últimos 5 km hay que subir una empinada y tortuosa colina que llaman: “La pared”. Recuerdo que ambas divagamos sobre lo suicida que fue nuestro entrenamiento y lo mucho que nos sirvió entrenar en situaciones extremas de humedad, terrenos quebrados y sol inclemente en nuestro país. En definitiva si no hubieramos entrenado así, esto hubiera sido mucho más difícil. Escuchamos a lo lejos los altoparlantes que ya anuncian la llegada a META DE CORREDORES.

Debo de confesar que en todo el recorrido lloré varias veces. No puedo explicar en palabras normales la mítica conexión que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, lograron en estos 80 km. Recé y bendije la vida que Dios me había dado, pero sobre todo, estar viviendo mi sueño: correr una ultramaratón.

Viene gente bajando las lomas que nos gritan frases de ánimo, solo sonreímos y al mirar para atrás... todos vienen en igual plegaria que nosotras. Step by Step. Faltando 500 metros nos grita desde arriba el gran Nicolás: “Vamos campeonas, ya llegaron”. Baja la loma y nos abraza a ambas, él terminó en 7:56 los 80 kilometros, nos asustamos al ver sus zapatillas, llenas de sangre. Nos dice: “Tranquilas, ya ni me siento los pies.”

Se apodera de mí esa loca hiperactiva que mora dentro de mi... Comienzo a saltar con los brazos en alto, cuando escucho: “From Panamá...” El reloj de Meta marca 11:08

Me detengo ante los estoicos jueces de meta, y les lanzo besos al aire, ellos embozan sus mejores sonrisas y me aplauden. En la esquina de pie esta un juez de gran estatura, me abre los brazos y me da abrazo cual oso a su osezno. Se escucha el alboroto único de la barra panameña (las esposas e hijos de los Bennet), gritan mi nombre e igual les lanzo besos. Sigo saltando y cruzo la meta, ¡ya soy una ULTRAMARATONISTA!

Correr una ultramaratón ha sido la satisfacción mas edificante de mi vida como corredora. El entrenamiento, a pesar de que fue difícil, lo disfruté todos los días, en especial, compartir con mujeres que igual que yo aman el correr: Liz y Marge.

Gracias a todos los que nos acompañaron en esta locura gratificante, en especial a nuestro cuerpo técnico de coach: Carlitos, Luis Carlos, Dany, George, Ilonka y Rolando. Y a mis hermanos: Elsa, José e Ivonne. Y mis amigas: Nilda y Vannesa, sin ustedes, esto no hubiera sido tan fácil.