Como corro hace unos treinta años y nunca había participado en una maratón, me inscribí en agosto en la de Málaga, que se celebraría el 9 de diciembre.

Estudié los planes de entrenamiento de la organización, los adapté a mis horarios y dos meses antes me puse a entrenar. Pude comprobar que aquella lapidaria frase de un profesor de Educación Física (“Entrenar una maratón es un trabajo”) se quedaba corta, porque vaya dos meses de corre que te corre, come pasta, devora plátanos, bebe Powerade, pide consejos a amigos que ya la han corrido, mira el cielo, almuerza poco y haz la digestión rápido para entrenar que anochece pronto, realiza la tirada larga los sábados, chúpate la lluvia otoñal, los pantalones de deporte no se secan, reserva habitación, recoge el dorsal la tarde antes y... llegó el gran día.

Fui paseando al Estadio Ciudad de Málaga, miro por todas partes a ver si reconozco a un viejo amigo de la Universidad al que no he visto hace veintitantos años, y que también se ha inscrito, no lo encuentro, me cambio, me siento y... él me llama: abrazos, risas, “vamos que te presente a mi familia” y la primera foto chula de la mañana.

La organización convoca a los atletas, nos dirigimos cada uno a su cajón (yo me voy con resignación al final del último), saludo a mi familia y a disfrutar viendo el mar mientras corro un rato (como en vacaciones) en esta estupenda mañana otoñal malagueña, mi objetivo es llegar al menos al kilómetro 30 (de hecho llevo un billete de 20 euros en la muñequera para coger un taxi de vuelta), pero... me engancho al grupo de la pacemaker (menudo palabro portaba la chica en el dorsal de su inconfundible equipación amarilla) de las cuatro horas y cuarto y... paso uno de los mejores días deportivos de mi vida, de hecho paré en el kilómetro 40 para descansar un poco y luego llegué al final muy feliz, sin toparme con el famoso muro ni con alucinaciones ni nada (me comí la mitad de los plátanos de los avituallamientos), todo gracias a los globeros, liebres, guías o “peimeike” (que diríamos los ingleses del sur), que nos controlaron bien el esfuerzo, nos animaron y hasta nos contaron chistes en el diálogo silencioso de las pisadas contra el asfalto.

Entro esprintando (absurdo final después de cuatro horas y pico de cansino trote), con los brazos en alto, saludo a mi familia, me encaja el poncho una joven, me quito las zapatillas de deporte, los pies me dan las gracias, otra me cuelga la medalla, un chico me pregunta por la talla de la camiseta de finisher (o sea, de “acabaor”), tomo la bebida isotónica y para casa, que hay que trabajar mañana temprano.

Gracias, compañeros globeros.

Erasmo Hernández González
Málaga, Diciembre de 2012






Déjanos tu comentario sobre este artículo:

NOMBRE  FECHA  TEXTO




Nombre:          

Email:              


Comentario: