Finalizada la Maratón de Sevilla con éxito para ser la primera y con un mes aproximadamente de recuperación en la que las molestias de esta dura prueba aun perduraban no dejándome entrenar al cien por cien, empecé a diseñar la planificación del otro objetivo que me había marcado esta temporada: realizar un triatlón.

Después de 20 años desde que hice el primero me dije este año "es el tuyo". Tenía todo: bicicleta; nadar, casi todas las semanas, descargando kilómetros en la Maratón; y la carrera, la llevaba bastante bien con muchos kilómetros acumulados. Solo había que definir y exprimirme para ser un poco más rápido en un triatlón sprint.

Comenzó mi andadura en abril, incoporando en mi entrenamiento rodajes de bicicletas asiduos, a veces con transiciones después de carrera e incluso carrera–natación, además de incrementar el trabajo en el gimnasio para potenciar y así complementar la preparación.

Aunque al principio iba bien, me pareció que me iba quedando algo estancado y me puse en manos de Manuel Valentín, entrenador del Club Arte Físico (Cáceres). Me realizó una planificación mensual de mi reto para finalizar la temporada, ya que el verano en el atletismo popular se debe a esos cross que se organizan hasta entrado septiembre, cuando comienza de nuevo la temporada.

Por ello, manos a la obra con entrenamientos más exigentes que los que yo estaba realizando, pero con mucha ilusión, afrontando sobre todo esos días en el que después de dos de bici te tienes que bajar y hacer doce kilómetros de carrera, ufff que paliza, pero al mismo tiempo qué disfrute, porque sabes que con ello vas a mejorar y poner a prueba tu coraje y entrega. Soy de los que piensan que suena más decir lo que tienes que hacer, que lo que luego es en la realidad.

En mis entrenamientos en piscina recibía consejos de mi amigo de Club, Fernando Fernández, entrenador de natación en sus tiempos, en los míos le entrenaba la carrera, tiempos que guardo grandes recuerdos de aquel grupo de chavales que se iniciaban en el triatlón.

Ya entrado el mes de Junio, estaba cerca de volver a enfundarme un trimono de triatlón, los nervios estaban a flor de piel, nada debía fallar, aunque había algo que me preocupaba, la natación. Mi técnica tiene errores que me hacen más lento y, aunque había trabajado, me quedaba mucho por pulir y mejorar. También el medio acuático en el que se iba a desarrollar la prueba, el Pantano de Alange, me preocupaba, ya que no había nadado hacía años en aguas abiertas, amigos y compañeros me aconsejaron ir algún día a nadar para no fallar en mi debut, pero son de esas cosas que vas postergando y finalmente no haces.

Llegó la semana previa a la prueba, la que llamo yo, la semana de “tapering”, es la semana en la que hay que intentar llegar lo más descansado posible reduciendo los volúmenes de carga de entrenamientos para rendir al máximo el día de la prueba. Todo marchaba muy bien con excelentes sensaciones, hasta en bicicleta había conseguido medias de 30 Km/h en recorridos no muy llanos. Estaba deseando competir y darlo todo.

El día de la prueba, con mi mujer y dos amigos de mi club de triatlón, nos dirigimos a Alange, después de recoger los dorsales. Dorsal 136, buena cifra pensaba. ¡Me gusta! qué nervios, Dios. Durante el camino bromeábamos sobre la altura del pantano, los peces... Y al mismo tiempo consejos de mis compañeros, veteranos con quince años de experiencia.

El ambiente de la prueba era impresionante, muchos conocidos con los que he coincidido en carreras o entrenos en bicicleta. Daba gusto disfrutar de aquel momento. Recuerdo a un nadador, Hernán, hombre bastante divertido y carismático además de comprometido con el deporte entre bromas con los compañeros del club y muy conocido.

Comienza la verificación de material en el que te rotulan y te dan el gorro, además de acceder a la T1 para dejar la bicicleta y el material. Comienzo a mirar el pantano, el lugar en el cual estaban colocadas las bollas, y empiezan a surgir pensamientos negativos, de esos que te pueden arruinar el día: “¿Seré capaz de cubrir nadando esa distancia?”. “¿Se habrán confundido al poner las bollas? Parece que hay más distancia de 1000 m”. Y alguien dice: "Hay “1200 m”. Pero a mi qué más me daba, había nadado en piscina algún día hasta 4.000 m, sin parar, pero bueno...

Me dirijo a la orilla y compruebo la excelente temperatura del agua, pero las bollas... El darle vueltas a eso me podía arruinar el día. Qué mal presagio todas aquellas “tonterías” de la distancia de las bollas. Vuelvo con los compañeros, me dan más consejos: "Tú tranquilo, a tu ritmo, que aun queda la bicicleta y correr”. Yo asentía con la cabeza sin dejar de pensar si sería capaz de superar este segmento.

Nos reúnen para darnos una charla técnica acerca de la prueba y poco después dan el pistoletazo de salida, me coloco casi en el medio de todos los participantes, y no habría nadado ni doscientos metros cuando comienzo a quedarme bloqueado, como si no supiera nadar, agobiado. Intento tranquilizarme y nado un poco a brazas, parece que se va pasando esa ansiedad de estar en el medio del pantano. Ya bastante alejado del grupo, vuelvo a intentarlo, pero mis músculos están tensos y no lo consigo, estoy próximo a la primera bolla y levanto la mano acudiendo en mi ayuda una piragua para ayudarme a regresar a la orilla, teniendo que abandonar la prueba. No daba crédito a lo que me había ocurrido, todo lo había tirado por la borda, las horas de entreno, las horas quitadas a la familia, el trabajo de mi entrenador, la confianza que mis amigos habían depositado en mi... Aquello fue un cúmulo de circunstancias que a nadie le aconsejo, se me vino en poco tiempo el mundo abajo. Nunca había abandonado una prueba.

Encontré apoyo enseguida en mi mujer, en mis amigos ofreciéndose a reforzar el nado en aguas abiertas para que esto no volviera a suceder ya que algunos lo comentaban que en parte había sido una imprudencia no haber practicado antes en este medio tan diferente al habitual en los entrenos. Aprendí de esta experiencia y saqué mis propias conclusiones, debía intentar volver a competir, pero ya con garantías de al menos acabar lo que será mi próximo triatlón.

Pasadas las semanas me inscribí en un Triatlón Súper-Sprint, con el objetivo de coger confianza y, al menos, poder decir que había terminado uno, pero tenía que nadar previamente en el lugar en el que se iba a realizar el segmento de la natación y así ya ir a lo seguro. Quedé con un gran amigo y compañero de esos que pasan los años sin verle pero siguen ahí, y me brindó la oportunidad de ir a nadar en el Rio Guadiana a su paso por Mérida. La experiencia en un principio no fue muy positiva ya que el grupo hizo el recorrido aproximado de la prueba y no fui capaz de seguirles quedándome en la zona próxima a la orilla, pero en el regreso se ofrecieron a nadar a mi lado y así coger confianza. Así fue, pendientes de mí comencé a bracear por el Rio Guadiana, al principio me costó, pero suss mensajes me tranquilizaban y me daban ánimo para seguir nadando. Llegamos a la otra orilla, casi trescientos metros, y regresamos superando la tensión que me generaba el haberme desplazado, para mí, tan lejos. Cuando regresé a casa no me lo podía creer, haber nadado en el rio Guadiana y haber ganado un poco más de confianza, eso no tenía precio.

Llegó el día de la prueba, por la tarde a las cinco, con un calor impresionante. Cuando me dispuse a hacer lo que llamo un pre-calentamiento de todos los segmentos, en la carrera a pie me dispuse a realizar unos progresivos y sentí un fuerte dolor en el talón de Aquiles que no se me quitaba obligándome a parar, decidí aplicar hielo y antinflamatorio con el fin de que me dejara al menos caminar, me decía a mismo: "¡Vaya mala pata! El destino se ha empeñado que este año no pueda cumplir mi sueño". Pero hay que mirar la parte positiva, tendré más tiempo para nadar en aguas abiertas y adaptarme a las circunstancias, no queda otra si quiero competir de nuevo pero eso si, cuando lo haga será para ir a por todas.

Por ello hoy, aunque sin haber cumplido mi objetivo, me he enfrentado a mis miedos y he aprendido una gran lección: saber que lo más importante es que nunca hay que rendirse ante la adversidad, porque el sueño puede llegar a cumplirse no en tiempo muy lejano. De hecho hoy tenía casi ciento seis kilómetros en bicicleta y he disfrutado como un niño con mi grupeta, y aunque me hubiese gustado contaros mi crónica de cómo habría vivido esta experiencia nueva habiendo competido, ha sido lo contrario, una crónica desde una perspectiva pedagógica por llamarlo de alguna manera, en la que a veces en la vida podemos salir reforzados de una mala experiencia para reflexionar sobre nosotros mismos y aprender que eso de rendirse, nunca jamás... Que nuestros errores pueden ser el triunfo del mañana.

Nunca te rindas, el sueño está cerca...


José R. Domínguez Barroso - junio 2014







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NOMBRE  FECHA  TEXTO
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2014-08-16 12:31:37
No siempre alcanzamos nuestras metas a la primera, pero sacar una enseñanza de la experiencia y compartirla con otros, es de "grandes". Ánimo que la próxima seguro que lo consigues.




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