A quien le gusten las largas distancias y la resistencia, y a quien no tenga antipatía a la lectura, le recomiendo que, directamente, lea la versión completa de esta “crónica”. Con ello no quiero decir que sea una obra literaria, simplemente se trata de un artículo hecho por un lego. Los enlaces a las entregas anteriores los encontraréis al pie de este escrito. Para quien guste de versiones más reducidas que continúe leyendo los siguientes renglones.

Son las 7 de la mañana del viernes 4 de Noviembre y ya estamos en el aeropuerto dispuestos a facturar, con las maletas a reventar. A reventar de ilusión por llegar al final del túnel; a reventar de la ansiedad de las últimas semanas en que no he podido entrenar por una gripe tratada a destiempo –ya me advirtió Santi, un experimentado corredor riojano, cuando, al día siguiente de haber entrenado la segunda tirada larga de 32km. de mi vida (hice los 32km. a 4 segundos por encima del ritmo que debería llevar en la carrera, y con 167 pulsaciones de media. Todo un éxito para mí)-. Pues bien, el 17 de octubre Santi me decía: “...ahora has de estar atento a unos detalles... no estrenar nada en el maratón; tener MUCHÍSIMO cuidado con resfriados y catarros, en la fase final de la preparación es bastante frecuente estar bajo de defensas y una mala corriente de aire puede dar al traste con la preparación. No dudes en abrigarte. Fundamental llegar descansado...” No sé si no le hice caso, o no había nada más que hacer. Lo cierto es que el resfriado/catarro/gripe me cogió de lleno y dio al traste con el logro que llevaba acumulado en los entrenos (ver enlace al pie). Por resumir en una frase/expresión lo que sentía en el aeropuerto de Barajas, lo diría así: “Y, allí estaba yo, con las maletas a reventar de MIEDO al fracaso”.

Después de deshacer las maletas, cenamos en un famoso restaurante italiano y a eso de la una de la madrugada del sábado neoyorkino ya estábamos durmiendo. El sueño no duró mucho: a las 4:30h ya se me habían abierto los ojos. Después de desayunar me fui con mi compañero de aventura, Luis, a recorrer los últimos kilómetros de la prueba. Comimos en otro italiano y a la noche nos decantamos por un ambiente cosmopolita y más moderno. No era un italiano pero, por supuesto, también comí pasta. Se nos hizo un poco tarde y hasta la 24:30h. no pude meterme en la cama.


A las 3h. ya estaba despierto, y muy despierto. A las 5 comencé los preparativos. Cual torero comencé con el ritual del aseo: el afeitado, dientes y la ducha. Continué con el ritual de protección de las zonas susceptibles de sufrir rozaduras, con esparadrapo y vaselina. Y, finalmente, terminé con la puesta del “traje de luces”: primero, el pantalón corto, mi querido pantalón corto de básquet que, pegue o no con el resto de la indumentaria, siempre me pongo porque creo que me da suerte. Después fue el turno del pantalón largo, de los calcetines y de las zapatillas; y en la parte superior del cuerpo, la cinta del pulsómetro y el reloj que mi amigo Óscar me dejó. Después me puse la camiseta con el dorsal bien colocado y una sudadera.

Ya en la zona de salida, a las 7:30h, con 3 horas por delante para empezar nuestra gesta, mi amigo Luis y yo nos dirigimos a la explanada que nos correspondía. A pesar del gran número de corredores -más de 47.000 personas-, no tuvimos sensación de hacinamiento. Era un collage pictórico en el que, de forma superpuesta, pegado al lienzo del césped, las calles y aceras que discurrían por la zona, te topabas con personas de todas las nacionalidades, clase y condición. Personas dirigiéndose a los puestos que los patrocinadores tenían instalados para ofrecer, gratuitamente, sus productos. Personas que ya se habían “aposentado” en un lugar concreto y charlaban, hacían ejercicios de estiramiento o simplemente dormitaban al sol, o dentro de un saco de dormir, o, incluso, en las típicas tiendas que lanzas al aire y al tomar tierra ya están armadas. Un poquito antes de ir a nuestro cajón de salida, depositamos en el camión correspondiente la bolsa con la ropa que nos íbamos a poner a la llegada a meta y visitamos el mingitorio por segunda vez... Ya se sabe, entre el frío y los nervios es imposible aguantar ciertas necesidades fisiológicas.

En la puerta de nuestro cajón nos quitamos la ropa de abrigo que llevábamos, la depositamos en los espacios habilitados por la organización para finalmente, ser distribuida entre las personas necesitadas de la ciudad, “los homeless”. Justo antes de comenzar el breve paseo a la línea de salida, volvimos, nuevamente por si acaso, a visitar el excusado y, andandito, andandito, poquito a poco, fuimos cubriendo los 600 metros que no separaban de la línea de salida.

Todos parados, contemplando la fuerte y larga subida del puente Verrazano, escuchamos, en respetuoso silencio, el himno nacional. Daba gusto ver como todo el mundo estaba callado, ni siquiera se oían murmullos, daba igual la nacionalidad. A nuestro lado había un grupo de tres chicas jóvenes, con la bandera rusa en sus camisetas que, hablaban y hablaban sin parar, con un tono un poco más alto de lo normal. La tensión y los nervios se mascaban. Cuando se dieron cuenta de que había empezado el himno, enmudecieron. Una vez terminado, otro grito de descarga de adrenalina se perdió en el aire. Comenzó a oírse la famosa canción que Frank Sinatra dedicó a la ciudad, y todo el mundo se animó a seguirla, cantando o tarareando:

“...in old New York
if I can make it there, i'll make it anywhere
it's up to you, New York... New York
New york... New York
I want to wake...”

Y... llegó el momento, la salida, y sin solución de continuidad hasta la meta... “¡Pies para qué os quiero! ¡A correr sin desfallecer! Que para eso te has estado entrenando y sacrificando durante 21 semanas. Se acabaron las excusas, los dolores, los catarros, los nervios, la ansiedad y el frío. Todo eso pertenece al pasado y, ya lo sabes: el pasado no existe”. Sólo existía el crudo y emocionante presente: se acabó de lamentaciones baratas, ¡a por todas!, kilómetro a kilómetro, metro a metro, zancada a zancada”. Así empecé a correr, fue un pequeñísimo bajón inicial, sin duda propiciado por la sensación de agarrotamiento que producen los primeros fragmentos de la puesta en escena y, también en mi caso, por la mala impresión, malísima sensación que me produjo mirar el pulsómetro y ver que en la cumbre del puente, con 1.300 metros recorridos, ya marcaba 178 pulsaciones por minuto, y que, en plena bajada, con sólo 2.000 metros recorridos, solamente se había reducido hasta las 175. Mi compañero tenía 155 pulsaciones. Decidí esperar un poco a ver si después de los 4 ó 5 primeros kilómetros las cosas se normalizaban. El ritmo que llevábamos era bueno, y empezaba a gustarnos la sensación, nos sentíamos fuertes. Estaba convencido de que conseguiría mis dos objetivos: pasar la meta, y hacerlo en 4:30h. En el kilómetro 5 volví a mirar el pulsómetro y, en llano, corriendo con buenas sensaciones, marcaba 174. Mi amigo seguía sin llegar a las 160. Decidí cambiar de táctica; no arriesgaría el primero de los objetivos por intentar conseguir una marca. Me despedí de mi compañero y, aunque él intentó en repetidas ocasiones animarme a seguir con buen ritmo, emprendí mi camino a la meta en solitario. En esos momentos comenzaba una nueva carrera para mí.

Poco a poco, bueno..., no tan poco a poco, empezó a absorberme el ambientazo de las calles de Brooklyn, Queens, 1ª Avenida, Bronx, 5ª Avenida y Central Park. Es una fiesta, una fiesta que no cesa en momento alguno, durante los 42km te sientes muy, muy, muy arropado. Disfrutas corriendo. Los numerosos pequeños grupos musicales que animaban la fiesta estaban por todas las esquinas. Qué gente, cómo nos jaleaban a los corredores con sus aplausos y sus constantes alusiones personalizadas a los corredores que teníamos identificado nuestro nombre en lugar visible. También me lo habían contado. Qué sorpresa más agradable, constantemente oía mi nombre. Se me olvidaba que estaba corriendo un maratón, tenía que hacer esfuerzos para no aumentar el ritmo. En un punto del recorrido, un grupito de niños que estaban con su mamá, extendieron sus bracitos, y yo hice lo propio para chocar con sus manos. Éste era un juego que repetíamos los corredores constantemente con el público, y, para mi sorpresa, en lugar de chocar sus manos, me dieron, cada uno de ellos, un par de caramelos. Como me iba a resultar difícil masticar los caramelos en plena carrera, unos kilómetros más adelante, se los di a otro grupito de niños que también nos animaban junto a su mamá.

Pasados los 10 km. las pulsaciones no habían bajado, oscilaban entre 173 y 178, pero yo ya estaba entregado a la causa, no pararía hasta el final. En el kilómetro 13, como teníamos acordado, tenía una sorpresa aguardándome. Llegué a dicho kilómetro y allí estaba aguardando mi sorpresa. Dando saltos entre el público, distinguí a mi hija y a mi mujer. Me estaban esperando para animarme, y, cierto fue que me animaron.

Pasado el ecuador de la prueba llegó la hora de encarar el famoso puente de Queensboro. Aunque tiene la misma longitud de subida y un tercio menos de inclinación que el puente de Verrazano, por eso de que ya tienes más de 23km en tu cuerpo y, algo también, por la sensación de no ver el cielo porque se corre por el nivel inferior del mismo, y de que, además, no hay gente animándote, lo cierto es que, constituye uno de los peores puntos a superar de la prueba. Se me hacía interminable pero lo superé. Cuando estaba en plena bajada me dio la sensación de que ahí es donde realmente empezaba el maratón. Así fué para mí. La bajada, obviamente sencilla en comparación con la subida, no me resultó nada cómoda: a mis músculos y articulaciones no les hacía gracia alguna recibir, uno tras otro, los impactos con el asfalto. Estaba deseando terminar el puñetero puente.

De la 5ª Avenida voy a destacar dos anécdotas curiosas. La primera me sucedió cuando vislumbré a una persona que tenía una bandera de España sobre los hombros y, lógicamente, me dirigí hacia él para saludarle. Cuando llegué a su altura, me dijo: “No te preocupes Paulino, que te he hecho más fotos durante la carrera”. Entonces le reconocí, ya nos habíamos encontrado en iguales circunstancias en otra parte del recorrido, –pero esta anécdota no acabó aquí. Conoceréis su final al concluir la lectura del relato. Y tiene su gracia, ya comprobaréis que sí-. La segunda se produjo cuando, ya en las primeras rampas de la avenida, por el kilómetro 37, descubrí otra bandera de España y, como en las otras ocasiones, a por ella fui. Qué sorpresa me llevé cuando me encontré con una pareja que estaba acompañada por sus dos hijos. Resultó que la mujer es Esther, una excompañera de trabajo que vive New York desde hace 5 años.


Ya estaba todo resuelto. Llegar a la meta estaba asegurado... o eso creía yo... Hasta que en la última rampa de la 5ª Avenida empecé a notar ciertas molestias debajo de la rótula de la rodilla izquierda. Continué corriendo y entré en Central Park y, pasada la primera curva, ¡otra sorpresa!: me encontré nuevamente con mi mujer e hija. Parece ser que sabían por dónde estaba corriendo porque mis cuñados de Madrid, Primi y Mati, me seguían vía Internet y se lo comunicaban a mi mujer por SMS. Fue toda una alegría porque esta vez no lo sabía.

Conociendo el terreno, y porque me encontraba con fuerzas, decidí incrementar el ritmo para recuperar algo del tiempo que había perdido con tantas interrupciones y saludos. Pero la iniciativa duró poco. Al comienzo del ascenso de la primera subida, volvieron las molestias en la rótula izquierda y en el gemelo de la misma pierna, y las molestias se convirtieron en dolor. En la segunda rampa vino lo peor, de repente noté un fortísimo dolor en el gemelo de la pierna derecha que me dejó clavado en el sitio. Me aparté a un lado como pude y comencé a estirar. Lo vi claro. Por primera vez en mi vida, experimentaba los famosos calambres. En el resto de las cuestas, por suaves que éstas fueran, volvían los calambres. Por el camino vi a más corredores a quienes les pasaba lo mismo. Vi a un corredor de, más o menos, mi edad, con aspecto hispano, que iba superando los metros, uno a uno, ayudado por una chica rubia.

Cuando me quedaban poco más de 400 metros, vi que una mujer que corría un poco delante de mí, con una camiseta igual a la mía, -deduje que viajaba con la misma organización que yo-, se quedó clavada de golpe. Empecé a animarla con gritos de “¡venga campeona!, que ya no queda nada”. Cuando llegué a su altura, la agarré por el codo y la impulsé durante unos metros. Pero ahí no acabó todo porque, a escasos dos metros de la línea, de repente, me dió un fuerte calambre en el cuádriceps de la pierna izquierda. Pensé: “qué vergüenza como me caiga ahora, delante de todas las cámaras”. En esta ocasión fue mi compañera quien me ayudó a mí. Se llama Carmen, es de Zaragoza y trabaja en Lérida.


Crucé la meta dando saltitos como los gorriones, pero no me caí. Terminé con un tiempo de 4 horas y 55 minutos, y con 175 pulsaciones de media. Estoy muy contento por haber conseguido el principal objetivo. Ya sé que no es un tiempo para presumir pero lo cierto es que no me preocupa. Me quedo con que el hecho de haber disfrutado y de hacer bien los deberes: he cumplido con el duro plan de entrenamiento (ver enlace al pie) y he hecho una carrera sensata, la carrera que debía hacer, MI carrera. Tiempo tendré de mejorar la marca si sigo en este mundillo. Y todo ello, a pesar de la gripe, las altas pulsaciones y de haber conocido a esos señores tan desagradables llamados calambres.

Cuando llegué al camión donde estaba mi ropa seca y de abrigo encontré, como así lo habíamos pactado al comienzo de la carrera, a mi amigo Luis. Llevaba esperándome un buen rato. Nos abrazamos emotivamente, nos felicitamos y nos fuimos para el hotel. Nos sentíamos muy felices con nuestras medallas colgando de nuestros cuellos.


El resto de los días los aprovechamos para hacer compras y pasear por la ciudad, con su correspondiente visita a los museos Metropolitan y Moma. Merece la pena emplear un tiempo en visitarlos. Este divertimento, además de para conocer la ciudad, me servía de ejercicio de rehabilitación para ir arrinconando las fortísimas agujetas que tenía en todos los músculos de las piernas. En las articulaciones, sin embargo, no noté dolor, ni siquiera molestias.

Pues bien, cuando ya creíamos que no nos podía ocurrir nada más porque el viaje estaba agotado, el último día, el miércoles, durante el desayuno recibí un SMS que decía: “Soy Carmen. Resulta que mi marido te hizo 4 fotos durante la carrera.” ¡Qué coincidencias tiene la vida! Me encuentro durante la carrera con un desconocido, me acerco a él para saludarle y me dice que ya me ha hecho bastantes fotos. Estoy convencido de que se trata de un fotógrafo de la organización y resulta que es el marido de una corredora a la que ayudo en un momento de crisis en la recta final. La misma corredora que, pocos metros después, me ayuda a mí a cruzar la meta. Parece el guión inventado de una película. Pero ya se sabe... la realidad siempre supera a la ficción.

En el avión nos encontramos con caras conocidas que mostraban satisfacción evidente, allí estaba nuestro amigo Manuel Marlasca, corredor popular que también hizo su primera maratón. También, como no podía ser de otro modo, estaba nuestro organizador, Luis Hita, con sus 92 maratones en las piernas. Y muchos más.

¡¡Enhorabuena a todos!!


Este relato, y mi paso por la línea de meta, se lo dedico a todas las personas que me han apoyado en este bonito reto. A Luis Tapia J., que es quien hace posible que me pueda comunicar con vosotros. A Santi Sierra, el riojano, que, sin conocerme, tan buenos consejos me ha dado. Por supuesto, a mi familia, por haber sabido aguantar sin desmayo. Y también, de una manera especial, se lo dedico, in memoriam, a mi excompañero de trabajo y, sobre todo amigo, Valentín Cerezo Ibáñez, para que, esté donde esté, sepa que uno no deja de existir mientras haya alguien que lo recuerde. Por ti, Valentín, porque, en más de una ocasión supiste y quisiste ayudarme cuando trabajábamos juntos en la década de los noventa y porque, igualmente en esta ocasión, aunque no te haya mencionado en el relato, tú sabes que durante la carrera me acompañaste, y en alguno de los momentos de bajón anímico fuiste el sherpa que cargó con mi mochila. Gracias AMIGO!. Un fuerte abrazo.

Paulino Aparicio Garrido
CORREDOR DOMINGUERO. 12 de Noviembre de 2011.

Crónica de un corredor dominguero (1)
Crónica de un corredor dominguero (2)
Crónica de un corredor dominguero (3)
Crónica de un corredor dominguero (4)
Crónica de un corredor dominguero (5) Versión completa.
Diario de entrenamientos
Plan de entrenamientos


   


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NOMBRE  FECHA  TEXTO
MARATÓN NEW YOK 2011
2016-07-05 20:07:52
Hola Samuel. tu padre fue un gran compañero y mejor amigo. y, estoy muy agradecido de haberle conocido. Un abrazo fuerte.
SAMUEL
2016-03-31 16:00:59
Casualidades de la vida ha llegado este relato a mis manos, felicitarte por el logro y agradecerte tan bonito homenaje a mi padre que unas cuantas lagrimas me ha costado. Un abrazo y salud Familia Cerezo Treviño




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