Hoy se celebró por fin la prueba que para mí pone prácticamente fin a la temporada: el Maratón Popular de Madrid, a partir de aquí MAPOMA. Y si bien corro varias distancias a lo largo de la temporada como 10.000 m, cross corto y largo, 15.000 metros y unas cuantas medias maratones, lo cierto es que toda la progresión en estas pruebas va encaminada más o menos a la preparación de este último evento de 42.095 metros. Sobre todo los tres últimos meses en los que se necesita un programa específico para poder afrontar con algo de garantías la más dura de todas las carreras que disputo.

Este año todo parecía indicar, por la progresión general que he tenido en las diversas distancias, que la barrera de las 3 horas podría caer en el 10º Maratón que iba a disputar desde que me bauticé en esto del correr hace ya casi ocho años. Así confiaban todos los amigos del club, e incluso más que yo, quién de un tiempo a esta parte veía más difícil rebajar dicha barrera. Lo digo con toda la sinceridad del mundo y no para ponerme la venda antes de la herida. Las últimas semanas creo que disputé demasiados medios maratones exprimiéndome al máximo, y además con entrenos entre semana bastante duros.

Si, es lógico a estas alturas notar el cansancio de las competiciones y constantes entrenamientos, pero es que además tampoco había conseguido rebajar demasiado la marca en la media de Madrid de este año con respecto al año pasado, que no llegó siquiera al minuto. Y extrapolando este tiempo al realizado en el MAPOMA 2010 (03:05:49), no me cuadraban mucho las cuentas.

En fin, que todo era una incógnita. Bajar de las tres horas en maratón parecía haberse convertido en algo obsesivo, si bien es cierto que tampoco me quitaba el sueño. Eso sí, quería aprovechar el buen momento de forma y el sacrificio de este año que creo que será difícil de repetir. “O era ahora, o nunca”.

Para no variar, las sensaciones a lo largo de la semana no habían sido muy buenas. Largas y duras jornadas laborales y un inoportuno resfriado que hizo su aparición el viernes. Si a eso le sumamos la hipocondría que nos suele acompañar en la semana previa a la carrera, sinceramente hubiera firmado un tiempo entre 03:00 y 03:05 horas.

Lo dicho, el sábado me levanté bastante aletargado como consecuencia seguramente de la química del “Algidol” que ingerí para calmar los síntomas de una garganta muy irritada. Mis primeros pensamientos fueron derrotistas, pero decidí buscar el “remedio de la abuela” para que de manera natural estos síntomas del resfriado desapareciesen sin envenenarme el cuerpo. Así pues, miel, limón y canela para la irritación de garganta, fideuá y macarrones para cargarme de glucógeno, zumo de naranja a granel, sillón-ball para descansar las doloridas piernas y un descafeinado pero siempre interesante Madrid vs Barça para desviar la atención sin perder la tensión.

Paso la noche con varios episodios de duermevela más bien propiciados por los síntomas del resfriado que por los nervios previos a la carrera. Bueno si, digamos que por ambas cosas. A las seis en punto y un segundo antes de que suene el despertador abro un ojo y en pie.
Autoanálisis: Las piernas parecen haber agradecido el “Sillón-ball” del sábado y parece que la mezcla natural ha logrado beneficios en la dolorida garganta. En el baño, el espejo parece devolverme un atisbo de optimismo de mi mirada. Sin apenas apetito, pero sabiendo de la necesidad imperativa de cargar el cuerpo de energía para poder soportar los más de 42 kilómetros, empiezo a engullir sin deleite alguno macarrones cocidos sin más, un plátano, un zumo de naranja, la mezcla de la “abuela”, un café americano largo acompañado de unas ocho galletas Digestive y un puñado de frutos secos. Llevo tres años metiéndome un desayuno fuerte aunque en todas las revistas los atletas profesionales nos aconsejan que no hagamos experimentos. Antes llegaba a la meta con tal sensación de hambre que engullía hasta los envoltorios de los refrigerios que nos reparten. Desde que desayuno fuerte, esto ya no ocurre y además me viene muy bien para aguantar los últimos tramos. Pagas algo de pesadez al principio, pero de verdad me merece la pena.

Para hacer tiempo me afeito sin prisas, me siento un par de veces en la taza del váter (por lo de aligerar un poco de peso) y me doy una duchita. Todo un “ritual” cada vez que tengo competición. Me enfundo el uniforme del club y el chándal correspondiente y al ir a calzarme las zapatillas, dudo por un momento si utilizar las ligeras. Descarto la idea de inmediato por descabellada.

A las 7 y 20 me tomo, esta vez a solas, un café en el bar “Dioni“. Otro ritual, aunque la mayor parte de las veces acompañado. Esta vez los más adictos a la cafeína pre-competición no participan. Y los que sí lo hacen han quedado para bajar a Madrid en otro lugar. Esta vez, he quedado con Francisco, un incombustible runner de los de 100 kilómetros, y con quien voy a intentar hacer la mayor parte del recorrido. Es todo un aval como liebre. Supongo que al final si todo se presenta normal es difícil que pueda aguantarle. Pero ambos sabemos que ir juntos nos valdrá de mutua ayuda.

Enfilamos la M-607 hacía Madrid y 15 minutos después tenemos la suerte de aparcar a la primera en una calle perpendicular a Velázquez y muy próxima al Retiro, que es donde acaba la prueba. Nos dirigimos hacia Cibeles, donde habíamos quedado con Lucas y compañía, antes de dejar la mochila en el ropero. Después de esperar unos minutos y no aparecer nadie, dejamos el macuto y calentamos un par de kilómetros. Decidimos ir a la salida para evitar quedar muy detrás en el arranque y pasamos allí 20 minutos angostados con el resto de corredores, el tufillo a linimento... y otras “fragancias”.

Una pequeña mención a las condiciones meteorológicas que en días previos llega a convertirse en una obsesión, como lo demuestra las veces que consulto las predicciones. Se preveía un día caluroso, muy similar a los del resto de la semana. El calor en los momentos finales de un maratón puede hacer verdaderos estragos y se convertía en un obstáculo más. Pero afortunadamente al final no íbamos a pasar de los 15 grados si acabábamos alrededor de las tres horas. Mejor así.

Las nueve en punto. Por fin la salida. La serpiente de gente comienza a reptar, aunque más lenta de lo esperado. Como siempre gente muy lenta en primera fila que tienes que ir sorteando entre zigzagueos y empujones. ¡Cuando narices organizarán la salida por cajones!

Visualizo a veinte metros los colores del club. Es Lucas. El tapón de la salida hace que vaya un pelín rezagado y haga posible su visualización. Junto a él veo a Sabino, ex oasis de Colmenar Viejo que corre la tercera maratón en 5 meses (las otras dos por debajo de 2h:50). Hago un ligero esfuerzo y llego hasta ellos para saludarles y desearles suerte. Lucas me comenta que Daniel, otro de los compañeros del club que va a correr, por un despiste imperdonable no fue a recoger el dorsal y no sabe si habrá empezado la prueba. (¡ay cuando le vea!), Bueno, “Hasta luego, Lucas“, que tu carrera es otra (2h:46') Ahí es nada.

Hasta el km 1 no empezamos a correr con un poco de libertad. Lo pasamos a 4:04. Teniendo en cuenta el tiempo perdido en el tapón de la salida, nos parece que vamos demasiado deprisa, pero es el ritmo que debemos llevar para pasar la media a menos de 1 h y 26'que es más o menos lo que nos hemos marcado. Unos instantes después visualizamos la figura de Antonio Gallardo, atleta más que veterano, y uno de la veintena de atletas que han corrido todas las ediciones del MAPOMA. Algunos corredores forman siempre un grupo entorno a él sabedores de que seguirle es toda una garantía para bajar de las 3 horas. No dudamos ni un segundo y nos unimos a ellos. En el grupo se encuentra también el mencionado Sabino.

Ponemos velocidad de crucero y vamos clavando los kilómetros en torno a los 4 minutos, segundo arriba, segundo abajo. Con un par de “bemoles” cogemos la responsabilidad y nos ponemos delante del grupo de unos 15 corredores que solo tienen que seguir nuestro ritmo. No nos importa ni siquiera que seamos los primeros en recibir, al paso por determinado sitios, el golpe del viento. No es muy fuerte y además es hasta agradable.

En plaza de Castilla visualizamos a Pedro Ríos, amigo esporádico de correrías (deportivas, ojo) y vecino de Tres cantos, quién montado en bicicleta nos saluda y nos anima. Justo delante veo a Mari Paz y Fernando, ex compañeros de trabajo, aficionados a la fotografía ella, y a eso del correr él, aunque hoy no se ha vestido de corto. Me animan y pongo la mejor cara (a estas alturas es fácil), y quedamos registrados en la tarjeta SD de su réflex.

Vamos devorando kilómetros sin apenas advertirlo. Algún indicador hasta ni lo veo. Eso es buena señal (ya veremos al final). En Príncipe de Vergara el ritmo es fluido a pesar de los toboganes, hasta tenemos que levantar un poco el pie del acelerador, pues el grupo de Gallardo y Sabino parece quedarse atrás. Sabemos por experiencia que no hay que dejarse llevar por las buenas sensaciones, ni por la euforia del principio que nos pasaría factura al final. Nos dejamos alcanzar y enfilamos juntos la ligera rampa que nos lleva al décimo tercer kilómetro situado en Cuatro caminos.

Sensaciones: Muy buenas aunque en el avituallamiento del 10 bebo por primera vez isotónica y no parece sentarme bien. Falsa alarma: la cosa no va a mayores.

Enfilando Raimundo Fernández Villaverde vemos que empieza a haber un poco más de público del cual siempre se agradece su apoyo. Los límites laterales, que antes estaban formados por las frías fachadas de los edificios, se conforman ahora por hileras de gente vociferante que crean en la calzada un angosto pasillo por el que transitamos rumbo a Cuatro caminos.

Llegamos un poco forzados al final de la pendiente, pero entre las arengas del público allí congregado, y sabedores de que el perfil nos va a favorecer durante los próximos kilómetros, nos reponemos de inmediato. De nuevo cara bonita para la réflex de Mari Paz, a la que nos encontramos en medio de Bravo Murillo rodilla en tierra y ojo avizor. Nos anima e inmortaliza el momento. Después de 13 kilómetros, las sensaciones parecen mejorar. Suele pasar. Tras varios días sin correr y atiborrándote a hidratos los últimos días, las piernas parecen de plomo los primeros kilómetros. Ahora las siento más ligeras.

Nos vemos optimistas y bajamos a buen ritmo por San Francisco de Sales y Guzmán el Bueno charlando incluso con Sabino y algún que otro componente del grupo. Nos animamos utópicamente con frases del tipo: “Si llegáramos así al 35”. Lo dicho: utopía.

Como casi todos los años empezamos a escuchar la sintonía del tema principal de la película “Carros de fuego”, que nos pone la piel como la de un “pollito desplumao”. En esta ocasión el volumen y la duración no parecen ser los adecuados. ¿Iremos demasiado deprisa?

Seguimos clavando los ritmos, y subiendo por Carranza volvemos a descolgar al grupo. Francisco me recuerda que tenemos que regular. Dicho y hecho. Doblamos a la derecha y enfilamos la calle Fuencarral. Estamos ya en el kilómetro 17, y hora y 6 minutos de carrera. En la puerta del Vips me esperan animándonos voz en grito y con un “Aquarius”, Sandra y Paola, dos compañeras de trabajo a las que apenas tengo tiempo de darles las gracias y arrancar de sus manos la bebida. Ya me pasarán las fotos o el video. Gracias.

El gentío se va acumulando a ambos lados del recorrido que se estrecha en estas más angostas calles. Hay que controlarse y no dejarse llevar por la emoción. Al paso por Sol y Mayor los aplausos y arengas del público son tan ensordecedores que se te pone de nuevo piel de gallina e inconscientemente avivas el ritmo. ¡Hay que tranquilizarse y regular, que no hemos llegado ni tan siquiera a la mitad!

Al torcer para Bailén noto por primera vez ligeros síntomas de fatiga muscular en las piernas y le comento a Francisco que quizá vaya a sufrir más adelante algún que otro calambre. Me responde que no piense en ello, y yo, obediente que soy, lo acato.

Acercándonos al ecuador de la prueba localizo en la distancia a Braulio, veterano del club, y no solo del Oasis, quien luciendo los colores del club de “Macotera”, nos anima. Está esperando a Juanjo y Dani para acompañarlos en la segunda parte de la carrera. Más adelante también está Alfonso, otro componente de club y cuya condición de “infartado”, no le ha impedido seguir practicando el atletismo el último año. También quiere acompañar a Dani y Juanjo en la segunda parte.

Pasamos el 21.097, en 1h 25'30''. Es más o menos lo que queríamos. Más rápidos nos podría pasar factura al final, y más lentos nos hubiera llevado muy justitos al límite de las 3 horas. Justo en este punto se encuentra Manolo, tocayo y componente del club que acumula en sus piernas más kilómetros y maratones que ninguno de nosotros. Creo recordar que ha participado en 26 maratones. Nos anima y nos desea suerte.

Tenemos por delante unos tres kilómetros de descenso que aprovechamos para recuperarnos un poco del esfuerzo. Bajamos relajados sin forzar y manteniendo el ritmo constante del inicio de carrera. Volvemos a descolgar al grupo de Gallardo y Sabino. Esta vez de manera definitiva. Estamos manteniendo el ritmo de crucero y nos encontramos a gusto.

Bajamos por las empinadas cuestas del parque del oeste. De nuevo Mari Paz. Cara sin rictus forzado, que cada vez es más complicado conseguir, y a inmortalizar el momento.

Alcanzamos el kilómetro 23 y enfilamos la avenida de Valladolid. Esta avenida acaba justo en el 25, la entrada a la Casa de Campo, donde casi todos los años las fuerzas empiezan a abandonarme. Este año noto que voy mejor, tanto física como mentalmente. Las tiradas de treinta kilómetros en el programa de entrenamiento parecen dar sus frutos. Además ir acompañado de alguien que conoces y con el que vas conversando hace que cojas confianza y que la carrera se haga más amena y corta.

Pasamos el 25 sin perder un ápice de ritmo. Justo lo que nos habíamos marcado. Sabíamos por la experiencia que a partir de aquí es muy difícil mantener el ritmo que traemos. Eso sí, hay que perder segundos de manera muy gradual para poder conseguir el objetivo. Hay que regular. “Regular”, parece haberse convertido en el término favorito de Francisco, y lo convertimos en dogma.

Disfrutamos un par de minutos de la algarabía del gentío congregado en Príncipe Pío; durante los próximos 7 kilómetros la animación va a bajar de manera exponencial; y enfilamos la cuesta abajo que nos lleva a la entrada de la Casa de Campo. Más aire puro sí, pero los síntomas de cansancio y el silencio que nos contagia a todos (nadie quiere abrir el pico) parecen empezar a hacer mella. Por primera vez desde el inicio y prácticamente de manera automática bajamos el ritmo unos 10 a 15segundos de media por kilómetro. Si lo mantenemos así, la verdad es que no está nada mal. Además no nos adelanta nadie, es más vamos recogiendo a gente que iba por delante, lo que quiere decir que vamos muy bien. Llegamos al 30 en 2h: 02':30'', dentro del objetivo marcado. El año pasado creo recordar que pasé 4 minutos más lento y ya en progresiva fatiga.

Sensaciones: Lógicamente el cansancio va haciendo acto de presencia. Pero me encuentro mejor de lo esperado y además con reservas. Tenemos margen de sobra. Seguimos no obstante regulando, y no vemos el momento de salir por fin de la Casa de Campo.

El optimismo se difumina un poco al subir el repecho que por fin nos echa de dicho recinto. Recuperamos en la bajada sabedores que al final hay un avituallamiento, sin querer levantar mucho la vista para no deprimirnos al ver Madrid tan a lo alto. Un novel en la prueba nos pregunta si quedan muchas cuestas. “Algunas”, le respondo, pero sin entrar en muchos detalles para no abatirlo. Si sabemos que tenemos 3 kilómetros de llaneo hasta el 35. A partir de ahí ya veremos.

Empiezo a notar más fatiga por la acumulación del esfuerzo, pero seguimos manteniendo el ritmo. De hecho hacemos mejor tiempo en el parcial del 30 al 35 que del 25 al 30. Empiezo a creerme bajar de 3 horas. Pero quiero ser cauto. “El tío del mazo”, “el muro” o “la pájara”, llamémoslo como quiera, está ahí y hacen acto de presencia sin previo aviso. De hecho, en el avituallamiento del 35 flaqueo y me tengo que despedir de la compañía de Francisco que va más fresco. Ahora empieza de verdad la carrera. ¡Como casi siempre!, empieza “la soledad del corredor de fondo”.

Trato de recapacitar y seguir una estrategia. Sé que si regulo un poco el objetivo está hecho. Me hago mentalmente una ITV, con esfuerzo eso sí, que el riego está en las piernas. Comparado con otros años voy más fuerte de cabeza, físicamente no parece que vaya a sufrir calambres. Los síntomas a mitad de carrera eran hipocondrías. Miro el reloj y llevo un margen más que suficiente: ¡¡¡¡“Tengo 36 minutos para 7 kilómetros”!!!!!!, a más de 5'/Km . Me exijo un poco de esfuerzo. Me pasan por la mente fotogramas de todos los sacrificios de la temporada. Sé que no pasa nada, en el camino he superado distintos retos con al menos igual valor. Pero sería un buen colofón. Además en el sacrificio también están involucrados la familia, los amigos del club...

En el 36 recibo los ánimos de Ángela, una de las pocas y constantes veteranas del club que sabe del esfuerzo, pues ha corrido unas cuantas maratones. Sumando este empujón anímico, adquiero el definitivo ritmo deseado y la visión del empinado perfil del Paseo Imperial que me llevará hasta el 37 me afecta, pero para bien. Logro subir con soltura y a buen ritmo. Si bien me pasa gente, yo también rebaso unos cuantos “cadáveres” que se van quedando en el camino. ¡Yo estoy muy vivo todavía!, me digo.

Visualizo a Francisco a unos 200 metros. Por un momento se me pasa por la cabeza hacer un esfuerzo y llegar hasta él. Pero lo deshecho rápidamente. Miro el reloj. ¡Joder!, lo voy a lograr. He subido la rampa del kilómetro 37 a 4:30. Esto definitivamente me sube la moral. Trato de no obsesionarme con el cartel del próximo kilómetro.

Justo en frente de la Estación está el 39. Increíble, me quedan 19 minutos de margen para bajar de tres horas y solo 3 kilómetros. ¡Esto está hecho! El optimismo me baja unos grados al ver a un corredor que se para unos metros delante de mí. Los ánimos del público consiguen que durante unos metros vuelva a correr para pararse definitivamente. No miro atrás. La mía es otra carrera.

Sé que me espera el kilómetro más duro: la subida de Alfonso XII, en paralelo al Retiro y a la meta. Miro el reloj. Tengo mucho margen. Me quedo clavado en la primera rampa y el ritmo se desacelera de golpe. Me viene a la mente, no sin un atisbo de sonrisa, la reflexión: “¿Y yo por qué corro?" Lo de la sonrisa es porque dicha reflexión la comentamos muchas veces durante los entrenamientos cuando hablamos de la dureza de esta prueba. ¡Con lo bien que estaría yo sentado en una terracita en compañía de una Mahou bien fresquita!. Decido subir tranquilo. Me repito que está hecho. Lo mismo me da 2:55'que 56'o 57'. Un sobresfuerzo ahora podría dar con todo al traste.

Tuerzo hacía O'donnel dejando atrás la Puerta de Alcalá. El terreno se nivela poco a poco y puedo acelerar ligeramente el ritmo. Se me ha hecho eterno el último kilómetro. Entre el estrecho pasillo del público diviso el cartel del km 41 y no veo el momento de entrar en el Retiro y tirarme por la cuesta que llega a meta. Giro a la derecha y por fin me encuentro en el “pulmón” de Madrid y enfilando hacía el principio del fin de la prueba. Empiezo a divisar los arcos. Sé que no son la meta, solo publicidad. Ya llevo unas cuantas para saberlo. Uf, en el horizonte visualizo por fin la señalización del 42. Es hora de disfrutar, y además como nunca lo había hecho en otras ediciones. Aunque cansado, me encuentro muy entero. Paso por el 42. Todavía me quedan los 195 metros. Un minuto en el que levanto las manos, golpeo el aire con los puños, y hasta lanzo algún beso al público que anima y felicita el esfuerzo realizado a todos los que rozamos la meta.

Simultáneamente me viene a la mente un rápido flash back que me muestra todos los esfuerzos realizados durante tanto tiempo y a todas las personas con las que quiero compartir la consecución de este reto y los cuales de una manera u otra hay que hacerles partícipes:
Lourdes, mi mujer y mi hijo Fernando, a quienes esta afición les roba parte de mi, a Juana, madre política quien me libera de no pocas tareas en casa, a Paco: entrenador y a las veces físio (quien no ha hecho poco este año para que pudiera estar a punto), a los incombustibles compañeros del Oasis: Zubi, Manolo, Braulio, “el Muelles “,es decir, Alfonso, Joao, Dani, Julio ,Carlos, Javier, Lucas, Domingo ,Juanjo, Diego, Jorge, Toño, Jose, Hugo, Ángela, Marta, Isabel, todos veteranos del club , a Francisco cuya compañía durante gran parte de la prueba fue definitiva para el éxito y al Club de Atletismo Grupo Oasis donde personas de todas las edades compartimos esta afición.

Intento relajar el rictus lo máximo posible (este año sí toca foto de llegada). Veo el tiempo oficial en el cronómetro del arco de meta. Sé que el neto es de 10 segundos menos. Hago un último esfuerzo y alargo la zancada para cruzar por debajo de 2:57''.

Objetivo cumplido.

Manuel Escudero - Abril 2011





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