El honor de cerrar el pelotón,
el orgullo de cruzar meta.

En esta ocasión realizaré el relato en tres capítulos, a modo de diario. Como siempre, fiel a mi estilo, os mando dos versiones, la completa y la resumida. La primera dirigida a quienes no les importa emplear tiempo en la lectura, vamos, como si de maratonianos se tratara; la segunda dirigida a quienes gustan más de las carreras de 10.000.

CAPÍTULO 1º

Es la madrugada del 29 de enero. Después de haberme quedado dormido en el sofá, viendo una película con mi hija, me he ido a la cama y no he podido conciliar el sueño. El último contacto que tuve con vosotros fue en enero, en el agradecimiento a los comentarios sobre mi último artículo, en él os agradecía el apoyo recibido y comentaba algunas circunstancias relativas a mis pulsaciones en las últimas carreras.

Pues bien... continuando con el asunto del corazón, os voy a desvelar un secretito que me tenía muy preocupado y que me he guardado mucho de contaros por miedo y por vergüenza; por miedo a los comentarios/reproches que me pudierais hacer y, también, por la vergüenza de actuar irresponsablemente. La primera vez que me sucedió fue cuando corrí mis segundos treinta y dos kilómetros. En aquella ocasión, en mi diario de entrenos plasmé que los había hecho a buen ritmo y con 167 pulsaciones por minuto. Para mi fue fenomenal. Pero lo que no dije fue que durante la siguiente semana estuve con un dolor bastante fuerte en el pecho, en la zona izquierda. En aquel momento era consciente de que mi mod de actuar era insensato pero, aun así, decidí no abandonar. Las dos restantes semanas hasta el maratón, entrené poco, mal y con las pulsaciones otra vez disparadas, por culpa del catarro.

Sobre el día de la carrera, en las calles de New York, bajé el ritmo al poco de empezar porque no era capaz de controlar las pulsaciones, y “decidí hacer mi carrera”. No se me quitaba la preocupación de la cabeza. Pues bien, al terminar la carrera me volvió el dolor a la parte izquierda del pecho y me duró las tres semanas siguientes. Aun así, sin que hubiera desaparecido del todo, corrí mi tercer diez mil. Dudé muchísimo si hacerla, no me había entrenado, pero la corrí. El mismo día de la carrera, en la línea de salida, decidí que acompañaría a mi hija y a mi sobrina en la carrera de cinco kilómetros, pero finalmente, por acompañar a mi cuñado Jorge, que vino de Bilbao a hacer su primera carrera, y también porque el ambiente te va llevando, terminé la de diez mil. A la semana siguiente volvió el dolor, y muy intenso. Yo seguía calladito, a sufrirlo en silencio, como la persona del anuncio de la pomada.

El martes, 3 de enero, después de cinco semanas sin ponerme las zapatillas ni un solo día, aprovechando la hora de comida me preparé con todo el equipo y me dispuse a ver qué tal se me daba la nueva disciplina deportiva. Hice veinte kilómetros a un ritmo inconstante por no conocer el itinerario. Por la tarde, en la oficina, me volvió el dolor y, como la última vez, muy intenso. Ese mismo día me enteré de que a un amigo, en una revisión rutinaria de su trabajo, le habían descubierto un pequeño problema en el ritmo cardiaco.

El miércoles, día 4, otra mala noticia: ingresan a mi suegro de urgencias por problemas cardíacos y circulatorios. Yo ya no podía más, aunque no lo exteriorizaba, me estaba agobiando mucho, tenía que hacer algo, y pronto. Frente a mi trabajo se encuentra el Hospital “Infanta Sofía”. Allí me dirigí en esa fría tarde del recién estrenado invierno. Caminaba taciturno, pensando en qué mal me podía aquejar y, a la vez, con la idea de que no podía ser nada grave porque si tuviera mal el corazón ya me tendrían que haber ingresado en un hospital.

Ya en el Hospital, cuando estaba dando mis datos en la recepción, me encontré con mi vecino Alfredo, -está claro que cuanto más quiere uno ocultar las cosas más probabilidades existen de que todo salga a la luz-. Estaba conversando con él cuando me llamaron por megafonía. Me dirigí a la sala de consultas que me indicaron, a la sala número 5. Al entrar, me saludó una mujer de unos treinta y cinco años. No había pasado un minuto desde que comencé a hablar y cuando ya estaba terminando mi resumen de los antecedentes, me interrumpió de forma abrupta, con buen tono pero con síntomas evidentes de no importarle lo que le estaba contando:
- Bien, pero... dígame qué es lo que le pasa, ¿por qué ha venido a urgencias?
Me quedé sin reaccionar durante unos instantes. Finalmente, con tono amable pero serio, le dije:
- Yo pensaba que los antecedentes serían importantes para que usted pudiera emitir un diagnóstico certero.
- Ya, pero... yo lo que quiero es que me diga el motivo de su visita. No si tiene muchas o pocas pulsaciones cuando corre. -Y, añadió con tono serio y duro:- Además, cuántas pulsaciones dice que tiene cuando corre.
No me pareció que tuviera que soportar lo que para mí era un trato poco correcto. Yo estaba angustiado y lo menos que podía esperar de un profesional era que me escuchara. Me levanté y, muy seriamente, pero sin alzar la voz, y en tono cortés, le dije:
- Si usted no quiere escucharme porque cree que le estoy haciendo perder el tiempo, me lo dice y me voy. O piensa que estoy aquí por gusto, o porque no tengo otro sitio mejor donde estar.
Se quedó paralizada y, pasados unos tensos segundos, con tono también duro y serio, me replicó:
- Ni yo le he dicho que me esté haciendo perder el tiempo, ni le he dicho que se vaya, pero... si usted quiere irse, es libre de hacerlo.
Ví que la conversación estaba yendo por mal camino y decidí reconducirla. Le dije con tono firme pero conciliador:
- Bueno... vale, retomemos el tema con más tranquilidad.
- Me parece bien.

Desde ese momento la cosa cambió por completo. Me senté y le terminé de contar lo que tenía en mi cabeza. Ella me escuchó y me dijo que me iban a hacer un electro, una radiografía de la zona torácica y una analítica, pero que ella creía que no tenía nada en el corazón. La doctora me tomó la tensión, tenía valors normales. Me dijo que esperara para hacerme las pruebas. Al cabo de un rato me pasaron para hacerme el electro y posteriormente la extracción para la anlítica y las radiografías. La primera fue frontal; la segunda del costado izquierdo, tenía que hacer la misma operación que en la frontal: asirme a una barra, esta vez la tenía por encima de mi cabeza, tomar aire y no exhalarlo hasta que me lo indicaran. En esta ocasión la experiencia cambió dramáticamente. Los tres segundos que contuve el aire en los pulmones se me hicieron eternos y alarmantemente angustiosos, estuve a punto de soltar la barra por el fortísimo dolor que sentí en la zona izquierda del pecho. Rápidamente me dije: “Chico, sí que tienes que estar mal”. En fin, nuevamente los fantasmas volvieron a visitarme mientras esperaba los resultados.

Por fin me llamó la doctora. Ya en su despacho, sin ni siquiera sentarnos, me dijo:
- Bueno, ya tenemos todos los resultados.
- Y... ¿qué tal?
- Como te decía, el resultado del electro refleja que tu corazón está bien. Tienes un corazón típico de un deportista bien entrenado. Además, si hubieses tenido, o estuvieras a punto de tener, un episodio cardiaco, se vería reflejado en la analítica. La analítica la tienes bien, todos los resultados están dentro de los márgenes lógicos de normalidad.
Inmediatamente pensé que se trataba de los pulmones, que tenía neumonía o algo peor. El dolor al hacerme las placas no fue una tontería. La doctora prosiguió:
- Las radiografías muestran que los pulmones también los tienes bien. Bueno... los tienes como todo el mundo. Bien.
- ¡Cuánto lo celebro!. Y, en tono irónico, añadí: Al final va a resultar que todo es psicológico, que no me pasa nada, que todo es cuento.
- Bueno, bueno, tampoco te he dicho que no tengas nada.
Aunque parezca mentira, en ese momento sentí alivio. Estaba empezando a sentirme mal por haber acudido a urgencias sin motivo. La doctora prosiguió.
- Lo que tienes es una rotura fibrilar intercostal. No vas ha poder hacer ningún esfuerzo durante un mes.
Me despedí, dándole las gracias efusivamente por su excelente atención, y me fuí del hospital más contento que un niño con zapatos nuevos. Mi dolencia me importaba un carajo, me importaba menos que un catarro, nada de nada.



CAPÍTULO 2º

Son las tres de la mañana del día 24 de marzo. Me he despertado y, como ya no puedo dormir, aprovecharé para contaros otro episodio más de mi pequeña película.

Pasado un mes aun tenía molestias, y ello sin hacer ejercicio alguno. Empecé a pensar que podía no ser una rotura fibrilar intercostal y que no pasaba nada si buscaba una segunda opinión. En esta ocasión me decanté por un reputado cirujano torácico, quien, el día 2 de marzo, después de escuchar toda mi historieta, me mandó hacerme una ecografía del corazón y de las partes blandas del tórax y otra nueva radiografía, en este caso una parrilla costal. El día 16 de marzo acudí nuevamente a consulta para recibir el diagnóstico, el cirujano, sin muchos rodeos, me dijo:
- La ecografía y las radiografías no indican problema alguno. Lo único que nos queda por hacer es un PET, pero, en mi opinión, no tiene sentido alguno hacerlo. Por todo lo que me has contado y, por la forma en que describes el dolor, no tienes ninguna rotura fibrilar. Lo que tienes es una neuralgia.
- ¡Ostras!, ¿Una neuralgia? Eso es más grave, ¿no? Pero... ¿eso no produce dolor de cabeza?
- Bueno, en tu caso se trata de una neuralgia intercostal.
- ¡Ah!, y... ¿Cómo es eso? –Era la primera vez que oía hablar de la existencia de una neuralgia intercostal.- ¿Cómo se origina?
- Lo más fácil es que sea por algún golpe. Un golpe o un gran esfuerzo pueden provocar una ruptura en la zona de los nervios donde los músculos intercostales se unen a los huesos y, si el proceso de soldado no se hace en la posición original, se puede generar una zona hipersensible que a cualquier esfuerzo, incluso al respirar, produce dolor.
- Y... ¿Cuál es el tratamiento para su curación?
- La verdad, es que es difícil, lo que tú tienes es una neuralgia crónica. Existen medicamentos que pueden mejorar los efectos, pero...
- La verdad es que no soy muy amigo de los medicamentos y, si no van a servir para curar, si lo único que voy a conseguir es paliar el dolor, me resignaré. Tendré que acostumbrarme a convivir con otra carga más en mi mochila de achaques. Mi protrusión discal/hernia, mi tendinitis en el hombro y mi presbicia ya tienen otra compañera de viaje.
- Bueno, si ves que el dolor es fuerte me lo dices y te receto algo y, aunque yo no veo sentido, si quieres hacemos el PET.

Pese a todo, salí contento, se trata de un dolor soportable que no me impide hacer vida normal. Es más, sin haber salido del hospital, mi mente se puso a pensar en nuevos retos. Cogí el móvil, abrí el icono del calendario y comprobé que quedaban dos semanas para el uno de abril, rápidamente me dije: “¿Por qué no corres tu segundo Medio Maratón? Si fuiste capaz de correr tu primera carrera de 10.000, después de haber pasado unos cuantos lustros sin hacer prácticamente nada de deporte, y con una sola semana de preparación, ahora que ya sabes lo que es correr un maratón, ¿por qué no lo haces?”. Estaba muy animado y pensé que podía hacerlo. Al día siguiente lo descarté por descabellado e imposible. Estaba claro que después de casi cuatro meses sin hacer deporte alguno no tenía sentido tal propósito.



CAPÍTULO 3º

Son las dos de la mañana del 23 de abril y os voy a contar el último capítulo de esta crónica/historieta:
La semana antes del medio maratón, mi amiga Carmen, la persona que por azar conocí al entrar en meta en New York, me mandó un e-mail en el que me decía que vendrían a Madrid a correr, que corriéramos juntos. La contesté que no, pero que me alegraba mucho de que ella lo hiciera y que, por supuesto, estaría allí animándola. El jueves se me ocurrió que mi amigo Luis, como había decidido no correr, me podía dejar su dorsal, y así, si mi catarro me lo permitía, podía acompañar a Carmen en la salida y en la llegada, no para hacer trampas y figurar como si hubiera corrido los 21 kilómetros, sino para rememorar el paso por la línea de meta de New York. El viernes me acosté con 38,5º de fiebre, durante la noche me tuve que cambiar de camiseta hasta en tres ocasiones por tenerlas empapadas de sudor. El sábado me levanté bastante mejorado y decidí que sí, que acompañaría a Carmen en la salida y en la llegada. Me hacía ilusión.

Para que la víspera se les hiciera más amena, invitamos a Carmen y a su marido Fernando al teatro, después nos tomamos unas cañas y seguidamente hicimos la mitad del recorrido en coche, para que Carmen se pudiera hacer un poco a la idea de lo que se encontraría al día siguiente. Me acosté pasada la una. Tenía unas décimas de fiebre, 37º. Me desperté a las cuatro y media, me cambié la camiseta que tenía sudada y ya no pude dormir.

A las siete me levanté y, después de desayunar como un día normal, preparado como si fuera a correr, con las zapatillas con las que corrí en New York, con mi querido pantalón de basket de la suerte, con la faja protectora lumbar y, con mi bien ganada camiseta del Maratón de New York. Había quedado a las 8:30h, por separado, con Carmen y con mi amigo Lucio en una de las puertas del Retiro. Ya se sentía el ambiente de fiesta, también la ansiedad y la tensión de los participantes. Los participantes calentaban y hablaban con cierto nerviosismo. En más de una ocasión se apreciaba que contestaban mecánicamente y sin sentido, simplemente oían, pero no escuchaban. Me venían a la mente los recuerdos del año anterior, con una diferencia sustancial, yo no percibía en mí ningún síntoma de ansiedad, preocupación, tensión o nerviosismo. Está claro por qué: yo no tenía ningún compromiso, ni siquiera conmigo mismo. Aun así, está claro que cuando se ha corrido una carrera, es difícil abstraerse del todo. Es difícil contener la emoción y ese gusanillo que te corre por el estómago y que te incita a lanzarte.
Cuando quedaba poco para la hora de salida le dije a Fernando:
- No sé lo que voy a hacer, ten el móvil encendido y si dejo de correr te llamo. Me dices dónde estás y te acompaño para hacer las fotos a Carmen y, al final, la acompaño en la entrada a meta.
- Vale, así os hago unas fotos con la Puerta de Alcalá como fondo.
- Ok, pero, si no te llamo no os preocupéis por mí y, no me esperéis por que seguro que no llego antes de dos horas y cuarenta y cinco minutos.

Empezó la carrera, rápidamente Lucio y Santi empezaron a tomar distancia, Carmen tardó un poco más pero hizo lo propio. Se notaba que tenían un objetivo claro: llegar en un tiempo concreto. Yo decidí que intentaría terminar el recorrido, para lo cual, lo mejor que podía hacer era bajar el ritmo. Miré el pulsómetro y, sin sorpresa, observé cómo superaba las ciento ochenta pulsaciones.

Por mi cabeza pasaban todas las sensaciones que experimenté en la edición anterior, y me afloraban los mismo fantasmas: ¿Empezaran a dolerme los tibiales durante los cuatro primeros kilómetros?; ¿Aguantaré bien las subidas desde Alonso Martínez a Plaza de Castilla?; ¿Serán capaces de resistir mis músculos tantos kilómetros sin estar entrenados?; ¿Comenzará el dolor en el pecho? y, cómo no!, mi eterno problema: ¿Seré capaz de controlar las pulsaciones? Decidí intentar aparcar las dudas e ir consumiendo los kilómetros hasta donde fuese capaz, sin más pretensión que la de avanzar metro a metro.

Hasta la Plaza de Alonso Martínez todo transcurrió sin incidencia. No sentía dolor alguno. Comenzaban las primeras subidas y todo transcurría bien. Llegó el primer punto de avituallamiento y aproveché para rellenar lo que había consumido de mi botella de medio litro. Recordé lo mal que me había sentado beber el agua tan fría que me dieron en ese mismo punto del recorrido, el año anterior. Esta vez no pasó nada. Seguí corriendo, a mi ritmo, hacia Plaza de Castilla. Pasé Cuatro Caminos y me acordé de José, la persona que conocí el año anterior en esa parte del recorrido y con quién llegué hasta el kilómetro 17. Eché de menos su compañía. Los corredores no dejaban de pasarme. Cuando estaba llegando a Plaza de Castilla empecé a contemplar más en serio la posibilidad de llegar a meta. Por el contrario, también empecé a tener una sensación de desagrado: el número de animadores era considerablemente inferior al del año anterior y por delante de mí veía muchos claros. ¿Qué sucedía? Cuando bajaba Mateo Inurria, me dí la vuelta y lo que ví no me gustó nada; también había muchos claros. Era evidente que el pelotón ya había pasado y que sólo quedábamos los rezagados. Aun así, estaba contento, seguía en carrera sin haber tenido que parar en ningún momento.

Después de pasar el segundo avituallamiento, observé cómo los servicios de limpieza estaban trabajando a destajo, miré para adelante y para atrás y los claros superaban a los grupitos de corredores. La sensación era muy diferente a la del año anterior. Empecé a vislumbrar la opción de abandonar. Me decía: todo mejor que terminar recogido por el coche escoba. Pero, como me suele suceder en los momentos de crisis, afloró el coraje y me dije: “Después de no haber entrenado, cerrar el pelotón constituye un verdadero honor. Tómatelo como si fuera un entrenamiento y verás cómo no te afecta la soledad. Y... ¿Qué pasa si te sorprende el coche escoba? Nada, te pones en la acera y a seguir corriendo hasta el final, o hasta que revientes”.

Seguía avanzando. Al comenzar la subida de María de Molina conocí a una pareja de corredores, Inés y David, nos hicimos unas fotos con la cámara de mi móvil e intercambiamos unas breves palabras, lo suficiente para subir los ánimos.

En el kilómetro 14, después de superar el pequeño, pero empinado repecho de la calle Diego de León, me ví forzado a parar porque me estaban doliendo los cuádriceps. En previsión llevaba en la riñonera que compré en la feria del corredor de New York, junto con los geles, el carnet de identidad, 10 euros por si tenía que coger un taxi, las llaves del coche y el móvil, una pomada específica para estos casos. Me la apliqué y, en no más de medio minuto, ya estaba otra vez en la carrera. Las pulsaciones habían bajado vertiginosamente, en torno a 150. Me alegré. Tenía capacidad de recuperación.

Ya estaba en las inmediaciones del Retiro, la circulación del carril contrario al sentido de la carrera, ya estaba abierta al tráfico rodado. Pero a mí me daba igual, ya sentía el olor de la meta. Al pasar por el kilómetro 17 me vino el recuerdo del año anterior, cuando uno de los corredores se acercó a una chica y le estampó un beso de película. En esta ocasión la gente ya estaba en retirada, ya habían terminado su carrera y se les veía muy contentos. Yo seguía mi camino junto a pequeños grupos de corredores. De vez en cuando adelantaba a algunos corredores, esto me daba ánimos. Sólo pensaba en el siguiente obstáculo, el repecho de la calle Alfonso XII. Estaba encarando la cuesta con la intención de no parar, pero mis fuerzas fueron mermando y, a la mitad decidí continuar andando. Aproveché para regalar a mis cuádriceps y rodillas otra copiosa ración de pomada. En esta ocasión la apliqué sin dejar de andar. Cuando superé la cuesta, volví a correr. Me costó bastante coger el ritmo. Realmente estaba muy cansado: sólo pensaba en cruzar meta para dejar de correr. Cuando encaré la última cuesta, la que va desde la Puerta de Alcalá hasta la entrada al Retiro, mis piernas no daban más de sí, tenía la sensación de que una persona andando a mi lado avanzaría más que yo corriendo. Los corredores y la gente que se iban del Retiro se esforzaban en animarnos; pero estábamos en las últimas. El sufrimiento se dibujaba en la cara de todos los corredores que quedábamos en carrera. Por fin, entré en el Parque del Retiro. Sólo restaba una bajada suave y la recta final para el ansiado descanso. La bajadita la hice prácticamente al mismo ritmo que la última subida, cansino, cansino, muy cansino. Ya estaba en la recta final, miraba a todos los lados y no lograba ver caras conocidas, se repetía la misma historia del año anterior, nuevamente tendría que entrar en meta solo. No, esta vez no, en la margen izquierda de mi marcha oí gritar mi nombre, giré la cabeza y ví cómo mi mujer y mi hija saltaban y gritaban. fue una inyección de moral que me impulsó los últimos metros como si no tuviera cansancio, como si hubiera corrido solamente 5 kilómetros.

Por fin llegó el momento soñado por todo corredor popular, pisar la línea. El orgullo de cruzar meta es difícil de trasladar a una persona que no lo haya experimentado. En esos momentos, los problemas y el mundo entero desaparecen, un sinfín de colores tiñen tus pensamientos y se apoderan de toda tu mente. Sólo piensas en saltar de alegría, pero tus piernas no te dejan, no importa, es como si lo hicieras.
Terminé el recorrido en dos horas y cuarenta minutos y, para mí, como he dicho.


P.D. Respecto a mis queridas pulsaciones, como podéis ver en las tres fotos, durante 21 kilómetros, o si se quiere, durante dos largas horas y cuarenta minutos, estuve corriendo (paré durante medio minuto y anduve en torno a 200 metros) a una media de 187 pulsaciones por minuto. Con una punta máxima, en la recta final, de 204 (según dice la teoría, por mi edad, en ningún caso debiera de sobrepasar las 170). No me siento orgulloso de ello, pero mi experiencia me dice que: siendo una cuestión muy importante, es algo relativo.

Paulino Aparicio Garrido
Abril de 2012






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